Entonces me asomé al cielo.
El más cercano.
El de sus ojos.
Esos que se achinan cuando sonríe
y que contagian la sonrisa.
Dudé siete veces en si abrazarte o no.
Pero mientras mi cabeza dudaba, mis brazos se abrían
y cuando decidí qué era lo oportuno me encontraba
susurrándole al cuello de tu camiseta...
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